Tradicionalmente, los países de
Occidente se han mostrado a favor de los dictadores, ya que podían obtener
beneficios, principalmente económicos, a cambio de su apoyo diplomático más o
menos disimulado.
Oriente Medio no fue una
excepción, ya que mientras éstos les fueron útiles no dieron especial atención
a sus regímenes, pero cuando se volvieron peligrosos fueron borrados del mapa –véanse
los casos de Saddam Hussein o de Muammar Gaddafi, perpetuados en el poder hasta
que Occidente quiso–.
El petróleo, principalmente, y la
importancia geoestratégica lograron la atención de
Occidente cuando sus dictadores se volvieron indomables. Las diversas
revoluciones que se sucedieron en el mundo árabe, que fueron etiquetadas como “Primavera
árabe”, fueron el comienzo de una serie de protestas por parte de la población,
en su mayoría aconfesional, contra los férreos gobiernos teocráticos de Túnez,
Egipto, Libia o Yemen. En estos casos, los líderes de los respectivos gobiernos
cayeron fruto de esas protestas.
Los vientos liberalizadores que
llegaban del este fueron aprovechados por los medios de comunicación para
incluir a Siria en este apartado. Sin embargo, son muchos los expertos que
claman por una diferenciación en este aspecto.
La oposición siria no está
claramente delimitada, como en los casos anteriores, y existe un sector
desencantado con las políticas de Bashar Al Assad –especialmente en el plano económico-agrario–
dentro de la población siria, pero un grueso no menos importante lo conforman
diversos grupos islamistas suníes como la Hermandad Musulmana, los salafistas y
muyahidines, entre los que se encuentran grupos oficialmente ligados a Al
Qaeda.
Esta heterogénea oposición tiene
entre sus objetivos la creación de una República o sistema islamista. Este
hecho, si se considera la milenaria multiconfesionalidad del estado y la
sociedad siria, es un elemento decisivo para que el factor interno y la
población no vea con buenos ojos ni al posible cambio político-religioso ni a
la oposición.
En el momento del estallido del
conflicto sirio, los medios de comunicación occidentales se posicionaron mucho
más rápido que en otros casos debido a los intereses de sus respectivos países,
como Estados Unidos, Reino Unido o Francia, que dirigen sus simpatías a Israel.
Irán o Rusia, por ejemplo, se han posicionado a favor del gobierno de Al Assad
por sus reticencias precisamente sobre Israel.
De esta forma, las informaciones relativas al proceso del conflicto y los avances de los diversos bandos no ha sido la más acertada y, en muchas ocasiones, han sido meros mensajes propagandísticos. De igual forma, la lucha que años atrás emprendió Estados Unidos y la Unión Europea contra el terrorismo radical islámico queda en entredicho al saberse que, entre las filas rebeldes, se encuentran activas células de Al Qaeda. En este aspecto, el mensaje de la administración Obama –cuyo país encabezó esa lucha por proteger a Occidente, eso sí, bajo el mandato de George W. Bush– ha sido mucho más cauto desde entonces.
La complejidad del conflicto
sirio y del propio país ha provocado que se hayan producido estos graves
errores en lo que se refiere, al menos, al tratamiento de la información. La
rápida caída de los regímenes tunecinos, egipcios e incluso libios (8 meses de
conflicto) se presentan como antítesis a lo que está pasando en Siria (más de
dos años de guerra civil) y de que las diferencias entre unas causas y otras
son evidentes.
La simplicidad con que se ha
enfocado el problema en Siria –gobiernos tiranos frente a oposición democrática–
resulta un problema para los medios y potencias occidentales, que no saben
ahora cómo salir disimuladamente del embrollo. La multiconfesionalidad y el
error en considerar a Siria como parte de la “Primavera árabe” son las causas
de que la guerra de Siria sea mucho más compleja para los medios que las
anteriormente mencionadas revueltas árabes.
