15.5.13

Occidente y los dictadores: la excepción Siria


Tradicionalmente, los países de Occidente se han mostrado a favor de los dictadores, ya que podían obtener beneficios, principalmente económicos, a cambio de su apoyo diplomático más o menos disimulado.

Oriente Medio no fue una excepción, ya que mientras éstos les fueron útiles no dieron especial atención a sus regímenes, pero cuando se volvieron peligrosos fueron borrados del mapa –véanse los casos de Saddam Hussein o de Muammar Gaddafi, perpetuados en el poder hasta que Occidente quiso–.

El petróleo, principalmente, y la importancia geoestratégica lograron la atención de Occidente cuando sus dictadores se volvieron indomables. Las diversas revoluciones que se sucedieron en el mundo árabe, que fueron etiquetadas como “Primavera árabe”, fueron el comienzo de una serie de protestas por parte de la población, en su mayoría aconfesional, contra los férreos gobiernos teocráticos de Túnez, Egipto, Libia o Yemen. En estos casos, los líderes de los respectivos gobiernos cayeron fruto de esas protestas.

Los vientos liberalizadores que llegaban del este fueron aprovechados por los medios de comunicación para incluir a Siria en este apartado. Sin embargo, son muchos los expertos que claman por una diferenciación en este aspecto.

La oposición siria no está claramente delimitada, como en los casos anteriores, y existe un sector desencantado con las políticas de Bashar Al Assad –especialmente en el plano económico-agrario– dentro de la población siria, pero un grueso no menos importante lo conforman diversos grupos islamistas suníes como la Hermandad Musulmana, los salafistas y muyahidines, entre los que se encuentran grupos oficialmente ligados a Al Qaeda.

Esta heterogénea oposición tiene entre sus objetivos la creación de una República o sistema islamista. Este hecho, si se considera la milenaria multiconfesionalidad del estado y la sociedad siria, es un elemento decisivo para que el factor interno y la población no vea con buenos ojos ni al posible cambio político-religioso ni a la oposición.

En el momento del estallido del conflicto sirio, los medios de comunicación occidentales se posicionaron mucho más rápido que en otros casos debido a los intereses de sus respectivos países, como Estados Unidos, Reino Unido o Francia, que dirigen sus simpatías a Israel. Irán o Rusia, por ejemplo, se han posicionado a favor del gobierno de Al Assad por sus reticencias precisamente sobre Israel.


De esta forma, las informaciones relativas al proceso del conflicto y los avances de los diversos bandos no ha sido la más acertada y, en muchas ocasiones, han sido meros mensajes propagandísticos. De igual forma, la lucha que años atrás emprendió Estados Unidos y la Unión Europea contra el terrorismo radical islámico queda en entredicho al saberse que, entre las filas rebeldes, se encuentran activas células de Al Qaeda. En este aspecto, el mensaje de la administración Obama –cuyo país encabezó esa lucha por proteger a Occidente, eso sí, bajo el mandato de George W. Bush– ha sido mucho más cauto desde entonces.

La complejidad del conflicto sirio y del propio país ha provocado que se hayan producido estos graves errores en lo que se refiere, al menos, al tratamiento de la información. La rápida caída de los regímenes tunecinos, egipcios e incluso libios (8 meses de conflicto) se presentan como antítesis a lo que está pasando en Siria (más de dos años de guerra civil) y de que las diferencias entre unas causas y otras son evidentes.

La simplicidad con que se ha enfocado el problema en Siria –gobiernos tiranos frente a oposición democrática– resulta un problema para los medios y potencias occidentales, que no saben ahora cómo salir disimuladamente del embrollo. La multiconfesionalidad y el error en considerar a Siria como parte de la “Primavera árabe” son las causas de que la guerra de Siria sea mucho más compleja para los medios que las anteriormente mencionadas revueltas árabes.